sábado, 20 de marzo de 2021

Al llegar a casa de mamá

Al llegar a casa de mamá, el corazón se ensancha y el cuerpo también. La lista de comidas a probar, se va reduciendo paulatinamente, con el paso de la temporal estancia, por ejemplo: la colada morada de noviembre se prepara en marzo, las empanadas son horneadas y la higuera sabe que sus frutos tendrá que entregar, porque quien la plantó, protege y cuida, le encanta preparar pan con higo y queso, pastel de higo, helado de higo y, mejor, no sigo.

Al llegar a casa de mamá, la felicidad me sobrepasa, los abrazos contenidos son entregados, los días pasan volando y las noches se acortan. Se duerme poco, producto de largas conversaciones, pero se disfruta mucho el calor de hogar.

Al llegar a casa de mamá, afloran tantos y tan bonitos recuerdos de la tierna infancia, ahí me siento consentida, mimada y cuidada. Tomo y recupero las fuerzas para continuar la batalla.

Al llegar a casa de mamá, entiendo que soy afortunada, que los momentos de felicidad se encuentran en cualquier lugar, que Dios nos regala una mañana más y soy bendecida de poderlos disfrutar junto al ser que más amo y me ama en todo el mundo, sin pedir nada a cambio, de forma incondicional, porque es amor de verdad.

jueves, 18 de marzo de 2021

La nena ha crecido

La nena ya no está en el vientre, ya no tiene meses y ya no tiene un año, el tiempo ha volado y se ha hecho tan grande.

Parece que fue ayer, cuando la sostenía en mis brazos, le cantaba canciones de cuna y la acurrucaba en mi regazo. 

La nena ha crecido y todo va cambiando: dejó la mecedora, su lugar de sueño preferido, mis cantos nocturnos se han extinguido y el llamado: “mamá”, a media noche, ya no se ha oído.

La nena ha crecido, pero todavía sigue siendo mi pequeña niña, la que en alguna ocasión me pide que la acompañe hasta quedarse dormida, mas no sé hasta cuando tenga esta dicha en mi vida.

La nena ha crecido y lo sigue creciendo, son años que pasan fugaces, son momentos que se transforman en recuerdos especiales y es tiempo que no se recupera más. 

La nena ha crecido, lo seguirá haciendo y un día se hará mujer, un ser humano: único, empoderado y dueño de sí. 
Un día, mi niña dejará el hogar, por conquistar sus sueños, hacer su nido y formar su propia familia, es por ello, que mientras esté a mi lado, la tendré que disfrutar a cada instante, para fortalecer el vínculo, de tal manera que solo nos separe: la ausencia temporal física, porque nuestras almas, espíritus y corazones siempre estarán conectados.

miércoles, 17 de marzo de 2021

Nuestras vasijas

Hoy, no quiero continuar mi actividad diaria, sin llenar mi vasija; este recipiente, no tiene nada que ver con mi cuerpo, sino con mi alma. Alma que me dice, que hable con el Creador, que alimente mi vida en el espíritu y que "como el ciervo que brama por las corrientes de las aguas, así clame por Dios, hoy, el alma mía" (Salmos 42:1)

Porque es bueno llorar ante la presencia del Eterno, al realizar una oración; y, es oportuno soltar las preocupaciones, todas esas cargas, hacer las paces con nosotros mismos, y con el mundo, se trata de vaciar lo que no deba estar ahí, cohabitando con nuestro ser interno, siempre frágil, delicado y sensible.

Elevar nuestras peticiones, sin olvidarnos de agradecer por quienes están junto a nosotros y por todo lo que podemos tener, incluso sin merecer.

Esta vasija, necesita estar llena para poder derramar gracia y bendición a quién lo necesite, contenida de escucha, discernimiento, consuelo, consejos, palabras de aliento, oraciones, sonrisas, lágrimas y otros actos de amor, bondad y actitud cristiana, que demuestren que hay esperanza para la humanidad.

En este momento, puedo comparar mi vida a una vasija en manos del alfarero, una pieza de mucho cuidado, difícil de moldear, con grietas que han sido reparadas, selladas al calor del fuego de la experiencia y que permiten contener los dones y las gracias del Espíritu Santo, al servicio de los demás.

Por esto, quizá en estos días, será oportuno revisar nuestras vasijas, para: vaciarlas, repararlas y llenarlas, pues debemos ser "sal y luz del mundo" (Mt. 5, 13-16), "agua viva", desde nuestro discipulado en Cristo, "camino, verdad y vida" (Juan 14, 6)

viernes, 1 de enero de 2021

La lista infinita de deudas


Tengo una lista infinita de deudas pendientes que no me alcanzaría la vida para pagarte. Me declaro deudor(a) eterno(a), sin posibilidad de saldar mi compromiso. Una vida en banca rota y aun sabiendo aquello, no doy todo lo que tengo, sigo pidiendo más y más y tú entregando más y más. Tú, nuestro acreedor amoroso: no exiges, no presionas, no demandas, no estableces causas procesales y no embargas, sino que esperas con paciencia que te entregue aquello que para otros es insignificante, mas para ti lo más preciado: mi corazón.
 
Este corazón que anhelas feliz y pleno, por eso me entregaste la vida, la libertad y el libre albedrío, para que sea yo quién tome las decisiones de mi camino.
 
Este corazón que los humanos insistimos en apresarlo, apegándonos a cosas materiales, propósitos vacíos o sentimientos negativos que nos hacen tanto daño.
 
Este corazón por el cual entregaste tu vida en el calvario, cargando una pesada cruz, por el cual “el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Juan 1:14)
 
Tú, amado Cristo, conjugaste de manera perfecta las palabras y los hechos, enseñándome desde el amor que ambos van de la mano.
 
Tú, Jesús de Nazaret, sabes que a más de ver y sentir el ser humano necesita también escuchar, el mensaje que viene del cielo, llamado: salvación y vida eterna.

Tú, mesías esperado, me enseñaste que un te amo pierde sentido sin una acción y que una acción necesita un te amo para ser sincera, profunda y fértil.
 
Por todo esto son tus actos y tus palabras por siempre recordados.
 
Quizá, algún día, la humanidad pueda entender, para en verdad humanizarse, que la tarea es seguir tu ejemplo, practicar tus enseñanzas y ser fieles discípulos de quien es “camino, verdad y vida” (Juan 14:6), “amando al Padre Eterno sobre todos las cosas y al prójimo como a sí mismo” (Mateo 22:36-40), con cada palabra y con cada actitud que se entrega como un acto de fe, de esperanza y de caridad.

miércoles, 23 de diciembre de 2020

Despedidas

Mireya Patricia Bernal (coautora) - Adrián Felipe Vásquez (coautor/editor)

Dicen que, en la vida lo único seguro que tenemos es la muerte, cuán cierto es esto, dos palabras contrarias, pero a la vez íntimamente relacionadas por un hilo tan delgado que serían los momentos que aún tenemos para vivir.

Muchos vivimos por vivir, sin pensar en cómo deseamos hacerlo y no se trata solamente de los anhelos que esperamos cumplir, sino de la actitud ante los obstáculos que se nos presentan.

La manera cómo viviremos nuestro último día es algo difícil de imaginar, porque la muerte llega muchas veces sin avisar, salvo cuando padezcamos de alguna de las cinco grandes enfermedades: rara, crónica, terminal, incurable o catastrófica, donde el cuerpo y la mente se van desgastando y con ello la llama de nuestro ser.

Y de lo anterior, lo difícil son las despedidas, pues siempre tienen un tono nostálgico, de dolor y de sufrimiento humano. El dejar partir al ser amado, no es fácil, muchas veces nos aferramos a su presencia física, sometiéndolo a lo que sea necesario aun cuando la consecuencia sea que pase el resto de sus días anclado a una cama, con asistencia artificial y dependiendo del cuidado del otro.

Nuestro caso, si llegáramos la agonía, nuestros últimos momentos serían para ponernos a cuentas con Dios, aunque es algo que lo debemos hacer cada momento, pedir perdón o perdonar y arrepentirnos por aquello que hemos hecho mal. No quisiéramos clínicas, solo ir a aquel lugar que nos produce paz o mejor dicho estar en paz. De seguro, muchos de nuestros familiares ancianos querrían eso, vivir cerca de los suyos en comunión, que los lleven a aquel lugar donde sienten tranquilidad y vivir sus últimos momentos fuera de una fría, sola y triste cama de un hospital.

Sin duda, despedirse es difícil, doloroso, incómodo, pero conforme vivimos nos enfrentamos a las despedidas, para algunas no estuvimos preparados porque llegaron de forma inesperada, otras ya son anunciadas, lo cierto es que mientras respiremos más “hasta pronto” tendremos.

Con cada año que termina es otro que ya no tenemos, a lo que sumamos otras pérdidas, resaltan las personas que se han ido.

El sentimiento de pérdida será inevitable, porque lo único seguro que tenemos en la vida es la muerte, como la otra cara de la moneda, por eso hay que disfrutar de cada instante a plenitud. 

jueves, 19 de noviembre de 2020

Cuadernos de la escuela

 

Quisiera tener en mis manos mis cuadernos de escuela y mirar las letras chuecas que no respetaban reglas. Quisiera mirar el rojo, señalando mi respuesta incorrecta en las sumas y restas, marcadas por mi maestra. Quisiera encontrar la libreta escolar, que me cuente de manera superficial lo que la memoria me ha hecho olvidar; de seguro, habría un baile de notas altas, promedio o menores. Quisiera poderle contar las veces que cometí faltas, las peleas con las compañeras, los golpes a los niños del grado, los insultos que alguna vez de mi boca salieron; pero no, la adulta no los puede contar, porque estaría reconociendo que también fue niña y una niña imperfecta.

Con qué autoridad le diría: “saluda”, “presta atención”, “esa palabra es inadecuada”, “evita gritar”, “no golpees”; sin embargo, siento que se me olvida que alguna vez también fui niña. Aquella niña que aprendió en el camino a leer, a escribir y calcular, que vuelve a recordar y a cursar la escuela, ahora acompañando a su pequeña.

Me he convertido en una adulta que olvidó las veces que sus líneas rectas se volvieron curvas y ahora se frustra cuando su hija no entiende que la línea inclinada deberá pasar por el centro de los cuadros, que las letras deben respetar los límites y espacios, que la sílaba “ma” no sueña “pa” ni que “be” no se escribe “de”. No dejo de increpar: “presta atención, es hora de estudiar”, mientras ella no deja de colorear dibujos y habla sin parar. Todo se vuelve una revolución, mientras una mamá más cae en la frustración, hasta que tengo que reconocer que no hay perfección; y, así entender, que ella al igual que lo fui yo es una niña más y que me tocará, como adulta, una vez más encontrar otro medio para intentar encaminar a la pequeña, que ahora me toca guiar.

No tengo en mis manos mis cuadernos de escuela, porque una imagen habla más que mil palabras, así que intentaré cada vez que vaya a perder mi paciencia, cerrar mis ojos, respirar profundo y recordar los instantes borrosos en que la adulta exigente, era una niña que también aprendía día a día, paso a paso, a través del ensayo y error.

jueves, 13 de agosto de 2020

Mi ángel voló

Mi ángel partió,
hoy al cielo se fue,
lo quisimos retener,
pero abrió sus alas y voló.
 
Dejó su cuerpo,
que lo ataba a la tierra,
una serie de recuerdos
y profunda pena.
 
Mi ángel partió,
no lo podemos creer
y menos entender,
nos aferramos a él.
 
Hicimos lo que el doctor recomendó,
sin embargo, al parecer, de nada sirvió,
mi ángel partió, lo vi sonreír, luchar,
batallar sin cesar, todo lo dio.
 
Sé que anhelaba con nosotros estar,
pero su espíritu también quería retornar,
deseaba en casa del Eterno descansar
y desde el cielo de nosotros cuidar.

Hoy sentimos un indescriptible dolor,
peso y vacío en el corazón.
Hoy, buscamos para el alma,
calma, consuelo y resignación.
 
Sabemos que volvió al Creador,
está en la presencia del Señor,
en la patria celeste el soñador,
mi pequeño ángel volador.